Durante generaciones, la medicina ha tratado las enfermedades infecciosas como un resultado binario: recuperación o muerte. Pero la realidad es más compleja. Muchas enfermedades no simplemente terminan : persisten y remodelan vidas durante años. Las vacunas son fundamentales no solo para prevenir enfermedades inmediatas, sino también para evitar los problemas de salud crónicos que siguen a la infección. Socavar la confianza del público en las vacunas y reducir la financiación de la investigación no sólo aumenta las tasas de infección, sino que aumenta la población que enfrenta enfermedades debilitantes a largo plazo.

El aumento de las enfermedades posinfecciosas

La pandemia de COVID-19 puso de relieve las condiciones posinfecciosas. El COVID prolongado, que afecta aproximadamente al 10-20% de los adultos y niños, causa fatiga persistente, disfunción cognitiva (“niebla mental”) y síntomas multisistémicos. Esta no es una molestia leve; perturba vidas, obstaculizando el trabajo, la educación y el funcionamiento diario.

Pero esto no es nuevo. La historia muestra consistentemente que a los grandes brotes les siguen enfermedades crónicas entre los supervivientes.

Paralelos históricos: lecciones de pandemias pasadas

La “gripe rusa” de 1889-1890 dejó a muchos con agotamiento por influenza, experimentando meses o años de fatiga, dolor muscular, ansiedad y problemas neurológicos. Los textos médicos documentaron ampliamente la condición.

La pandemia H1N1 de 1918 fue aún más devastadora. Condujo a encefalitis letárgica, causando inflamación cerebral, catatonia y deterioro neurológico profundo. Entre 1919 y 1927 se registraron casi 16.000 casos en Gran Bretaña, con una tasa de mortalidad del 50%. Los supervivientes a menudo se enfrentaban a una discapacidad de por vida, especialmente los niños.

Polio, SARS y Ébola: un patrón recurrente

Los supervivientes de la polio desarrollaron un síndrome pospolio décadas después, con debilidad muscular y fatiga progresivas. La imprevisibilidad de esta situación sigue siendo inquietante.

El brote de SARS de 2002-2004 produjo un SARS prolongado, con enfermedad pulmonar duradera, atrofia muscular y deterioro cognitivo. Esto presagió los síndromes posvirales observados después del COVID-19.

Incluso los sobrevivientes del ébola enfrentaron complicaciones oculares crónicas, dolor musculoesquelético y déficits neurocognitivos a pesar de sobrevivir a un virus altamente letal.

La lección es clara: la infección no siempre significa una recuperación completa. La prevención es ahora nuestra defensa más fuerte contra las enfermedades crónicas.

El poder de la prevención

Las vacunas no sólo reducen las hospitalizaciones y las muertes; previenen los problemas médicos a largo plazo que nos cuesta predecir, tratar o revertir. La única forma comprobada de eliminar el riesgo de enfermedades crónicas posinfecciosas es evitar la infección por completo.

Sin embargo, la confianza del público en las vacunas se está erosionando debido a mensajes contradictorios, decisiones de salud politizadas y desconfianza en las instituciones. Esto debilita la adopción de vacunas, aumenta la circulación de enfermedades prevenibles y prepara el escenario para futuras oleadas de enfermedades crónicas.

El éxito de la medicina moderna se debe al diseño y la prevención de estudios basados ​​en datos. Las vacunas se encuentran entre sus mayores logros: salvan vidas hoy y previenen el sufrimiento a largo plazo mañana. Los riesgos asociados con las vacunas son menores en comparación con sus beneficios.

Ahora contamos con herramientas sin precedentes para estudiar condiciones posagudas. La historia demuestra que abandonar las vacunas y la medicina basada en evidencia no nos hará más saludables: simplemente nos enfermará más.