John Cazale murió en marzo de 1978. Tenía sólo 42 años. Se lo llevó un cáncer de pulmón, resultado de años de fumar empedernido. Los médicos lo diagnosticaron en 1977. Entonces el tiempo empezó a correr. Le quedaban nueve meses.

Nueve meses es mucho tiempo de vida si eres un actor con un papel único en la vida esperando entre bastidores. La última película de Cazale, The Deer Hunter, se estrenaría ese mismo año. Fue una epopeya masiva de la guerra de Vietnam. Robert De Niro protagonizó. Meryl Streep también estuvo presente. Cazale interpretó a Nick. El papel definió su carrera. Sería el único.

No vio el estreno. No vio los elogios. Murió antes de que el mundo supiera lo bueno que era.

Cazale no era una estrella. Él no quería serlo. Era un actor de carácter. Jugaba con los pesados. Jugó como perdedores. Interpretó a hombres con tranquila dignidad. Su cara lo decía todo. No se necesita diálogo.

El cazador de ciervos se suponía que sería su gran oportunidad. Fue. Pero se lo perdió. La ironía es amarga. Trabajó con los mejores. Dio lo mejor. Y luego se fue.

Su vida fue corta. Su impacto fue largo. Lo recordamos por lo que hizo en esos nueve meses. No por lo que no pudo hacer.

“Era el mejor actor de carácter de su generación”.

La historia de Cazale es trágica. También es inspirador. Demostró que no se necesita una carrera larga para ser grandioso. Sólo necesitas una actuación perfecta.

Él nos dio eso. En El cazador de ciervos. En pantalla. En espíritu.

Todavía hablamos de él. Todavía vemos sus películas. Todavía nos preguntamos qué podría haber hecho. Si hubiera vivido. Si hubiera estado más sano. Si las probabilidades hubieran sido diferentes.

Pero no lo fueron. Murió. Joven. Demasiado temprano.

Ese es el final de la historia. El resto son sólo ecos.